Nuestros orígenes

Nuestros orígenes

El café no parte en la taza.
Parte mucho antes, en la altura, en la humedad del aire, en la forma en que cae la lluvia sobre la hoja, en el tiempo que se deja madurar el fruto.

En Petricor trabajamos cafés de Colombia, Brasil y Kenia no solo por su calidad, sino porque cada uno representa una forma distinta de habitar el paisaje, de relacionarse con la tierra y de entender el tiempo.

No elegimos solo perfiles de sabor.
Elegimos territorios.


Colombia — selva, niebla y equilibrio


Los cafés de Colombia crecen entre montañas cubiertas de neblina, en suelos volcánicos vivos, donde el agua baja lenta y limpia entre la vegetación.

Son cafés que tienden al equilibrio: dulzor natural, acidez amable, notas que no buscan imponerse sino integrarse.
Como un bosque húmedo: todo convive.

Son granos que invitan a la pausa, a una taza que se abre lentamente y acompaña sin ruido.


Brasil — sol, amplitud y dulzor profundo


Brasil es amplitud. Campos abiertos, luz constante, procesos cuidados que privilegian el cuerpo y el dulzor.

Aquí nacen cafés más redondos, con notas achocolatadas, frutos secos, caramelo.
Cafés que sostienen, que abrazan, que llenan la boca y se quedan.

Son cafés de tierra cálida, de ritmo estable, de una calma distinta: no silenciosa, sino ancha.


Kenia — agua, altura y claridad


Los cafés de Kenia nacen en altura, cerca del agua, donde la noche es fría y el día es intenso.

Son cafés de perfil vibrante, jugoso, con acideces brillantes, notas frutales y una limpieza que deja ver cada capa del grano.

Son cafés que despiertan.
Que hacen presente el momento.


Más que origen, relación

No tostamos solo café.
Tostamos historias geográficas, ritmos naturales y formas distintas de estar en el mundo.

Por eso cada origen en Petricor se asocia a un ave, a un paisaje y a una manera de detenerse.
Porque creemos que la taza no es solo sabor, es territorio traducido en bebida.

Desde la selva húmeda, pasando por la planicie luminosa, hasta la ribera en altura, cada grano trae consigo una forma de mirar, de esperar y de habitar el tiempo.

Y eso, al final, es lo que llega a tu taza.